Sufrimiento social
Pobreza y violencia que atraviesan la vida cotidiana y reclaman una presencia pastoral concreta.
Presentación personal · CEBITEPAL
Sacerdote polaco que acompaña personas, equipos y comunidades desde González Catán, Argentina.
Una experiencia que permanece
No fue una teoría pastoral. Fue una niña que, en medio de carencias reales, me mostró una libertad que yo todavía no sabía vivir.
«Yo había cumplido mi sueño. Ella, sin embargo, sabía sonreír.»
Kenia · etapa de seminario
En una casa hogar de las Hermanas de la Misericordia conocí a una niña cuya sonrisa desarmó mis certezas. Yo tenía seguridad y había ingresado en la orden religiosa que soñaba. Pero ella poseía algo que mis logros no podían garantizar.
Una libertad interior que no dependía de las posesiones.
La realidad que traigo
Repensar la parroquia exige mirar de frente aquello que duele, sin reducir a la comunidad a sus heridas.
Pobreza y violencia que atraviesan la vida cotidiana y reclaman una presencia pastoral concreta.
Cansancio de quienes sostienen tareas, vínculos y espacios comunitarios durante mucho tiempo.
Decisiones y responsabilidades concentradas en pocas personas, con escaso espacio para la corresponsabilidad.
La pregunta que llevo al curso
¿Cómo acompañar a una parroquia atravesada por la pobreza, la violencia y el cansancio de sus agentes pastorales para superar una cultura de mantenimiento y concentración de responsabilidades, y avanzar hacia una comunidad corresponsable, misionera y capaz de volver a sonreír entera?
Soy Tomasz Stanislaw Pierog, sacerdote polaco, y participo en este curso desde González Catán, Argentina.
Actualmente sirvo como administrador parroquial y capellán hospitalario. También soy docente y formador, coach y facilitador de procesos. Estas tareas me permiten acompañar a personas y comunidades en momentos muy diferentes de la vida: la celebración, el aprendizaje, la enfermedad, la toma de decisiones y la búsqueda de nuevos caminos.
Una experiencia pastoral que me marcó ocurrió en una casa hogar de las Hermanas de la Misericordia, en Kenia. Yo era seminarista: tenía seguridad y había cumplido mi sueño de ingresar en una orden religiosa. Sin embargo, no podía sonreír como una niña que vivía con carencias reales. Su sonrisa me confrontó. En ella descubrí una libertad interior que no dependía de las posesiones, una esperanza más auténtica que mis logros religiosos y la capacidad de vivir y agradecer el presente.
Llego al curso con el deseo de comprender mejor los cambios sociales que afectan a la parroquia, profundizar su sentido teológico y fortalecer la participación y la corresponsabilidad. Me pregunto cómo acompañar a una comunidad atravesada por la pobreza, la violencia y el cansancio pastoral para superar una cultura de mantenimiento y concentración de responsabilidades, avanzar hacia una vida misionera y hacer posible que la comunidad entera vuelva a sonreír.